sábado, 6 de febrero de 2010

La renovación narrativa: Tiempo de silencio

En 1962 se publica Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, obra que ejerció una profunda influencia en los novelistas de la época. Éstos van a abandonar las esperanzas de que sus obras puedan tener una repercusión social directa –aunque en muchas no va a faltar la intención crítica– y centrarán sus esfuerzos en la renovación formal y en la experimentación técnica y lingüística.
Esta novela se sitúa en el Madrid de la época. El protagonista, Pedro, un médico que investiga sobre el cáncer, se ve implicado en un aborto que acaba en muerte, en un suburbio de chabolas. La policía le detiene y, al mostrarse su inocencia, sale en libertad. Poco después, sufre la venganza de un chabolista. Pedro acaba frustrado y desilusionado.
Sin embargo, no es el argumento lo esencial de esta novela sino el tratamiento que el autor le da. En este texto aunque los dos párrafos recogidos aparecen seguidos en la novela, tienen cada uno entidad propia tanto en el tema como en la forma.
El primer párrafo presenta a dos personajes (Amador y D. Pedro) contemplando el paisaje de chabolas y las reflexiones que este último se hace y en el segundo párrafo nos encontramos las reflexiones de otro personaje, Cartucho. Entre la nuevas técnicas que incorpora el autor en esta obra destaca el monólogo interior, transcripción del pensamiento de un personaje. En este caso se trata de reproducir el proceso reflexivo de Cartucho.

"Amador seguía sonriendo con sus opulentos belfos en silencio mientras D. Pedro divagaba absorto en la contemplación de las chabolas. Allí, en algún oculto orificio, inferiores al hombre y por él dominados, los ratones de la cepa cancerígena seguían consumiendo la dieta por el Muecas inventada y reproduciéndose a despecho de toda avitaminosis y de toda neurosis carcelaria. Este pequeño grumo de vida investigable hundido en aquel revuelto mar de sufrimiento pudoroso le conmovía de un modo nuevo. Le parecía que quizá su vocación no hubiera sido clara, que quizá no era solo el cáncer lo que podía hacer que los rostros se deformaran y llegaran a tomar el aspecto bestial e hinchado de los fantasmas que aparecen en nuestros sueños y de los que ingenuamente suponemos que no existen.

¿Qué se habría creído? Que yo me iba a amolar y a cargar con el crío. Ella, «que es tuyo», «que es tuyo». Y yo ya sabía que había estao con otros. Aunque fuera mío. ¿Y qué? Como si no hubiera estao con otros. Ya sabía yo que había estao con otros. Y ella, que era para mí, que era mío. Se lo tenía creído desde que le pinché al Guapo. Estaba el Guapo como si tal. Todos le tenían miedo. Yo también sin la navaja. Sabía que ella andaba conmigo y allí delante empieza a tocarla los achucháis. [...]Y luego «que es tuyo», «que es tuyo». Ya sé yo que es mío. Pero a mí qué. Me voy a amolar y a cargar con el crío. [...] ¿Qué se habrá creído? Todo porque le pinché al Guapo se lo tenía creído".
Luis Martín Santos, Tiempo de silencio

El recurso más importante que utiliza es el tratamiento irónico. Fijaos en el siguiente fragmento. Pedro llega a casa del Muecas para atender a su hija Florita, que se está desangrando. La descripción del cuarto en que se encuentra la muchacha, el médico, familiares y curiosos nos muestra, mediante distintos recursos, la miseria casi irreal en que viven los personajes del mundo de las chabolas. Martín Santos emplea en el texto un estilo ensayístico y un lenguaje científico que contrasta con la realidad. La frialdad expositiva y el lenguaje barroco, lleno de cultismos y de neologismos acentúan el dramatismo de la escena:

"En contra de la opinión de los arquitectos sanitarios suecos que últimamente prefieren construir los quirófanos en forma hexagonal o hasta redondeada (lo que facilita los desplazamientos del personal auxiliar y el transporte del material en cada instante requerido) aquel en que yacía la Florita era de forma rectangular u oblonga, un tanto achatado por uno de sus polos y con el techo artificiosamente descendente a lo largo de una de sus dimensiones. No gozaba la paciente casiparturienta de niquelada mesa o de acero inoxidada mesa con soportes de muslos para mejor obtener la posición ginecológica preferida por casi todos los artífices, sino acajonada mesa de pino gallego antes servidora del transporte de cítricos de la región valenciana y posteriormente acondicionada a la función de lecho, soporte del jergón de muelle y de las sábanas rojas de su propia sangre abundosamente huida. La lámpara escialítica sin sombra se sustituía ventajosamente con dos candiles de acetileno que emanan un aroma a pólvora y a bosque con jaurías más satisfactorio que el del éter y el bióxido de nitrógeno, consiguiendo, a pesar del temblor que la entrada de intrusos (desgraciadamente no dotados de la imprescindible mascarilla en la boca) provocaba, una iluminación suficiente. Tratándose de hembra sana de raza toledana parece superflua toda anestesia, que siempre intoxica y que hace a la paciente olvidarse de sí misma, y es en este punto en el que mejor se cumplieron los cánones modernos que hoy, por obra y gracia de la reflexología, la educación previa, los ejercicios gimnásticos relajantes de la musculatura perineal y la contracción de las mandíbulas en los momentos difíciles consiguen de vez en cuando hermosísimos ejemplos de grito sin dolor. Más inculta la muchacha rugía con palabras destempladas (en lugar de con finos ayes carentes de sentido escatológico) que contribuían a quitar la necesaria serenidad a los múltiples asistentes al acto. Estos podían ser clasificados, según diversos criterios, en «familiares y no familiares», «peritos en abortos provocados e imperitos en el mismo arte», «vecinos provenientes de la plana toledana e inmigrantes de otras regiones de la España árida», «gentes aptas para el consejo moral y cínicos que comprendían que así es la vida», «mujeres que unía una oscura solidaridad y hombres que unía una furtiva esperanza de llegar a ver los pechos de la paciente» y, finalmente, para concluir esta ordenación dicotómica, «sabedores de que el padre de Florita estaba en trance de llegar a ser padreabuelo y simples sospechadores de la misma casievidente verdad».

Novela de realismo social: El Jarama


El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, fue un hito del realismo social al encarnar de forma clara el objetivismo, testimonio escueto de la realidad, sin aparente intervención del autor. La mirada del novelista suele asemejarse a la de una cámara cinematográfica y los diálogos parecen grabados directamente de la realidad.

Uno de los logros más destacados de la novela social y muy especialmente de El Jarama es su habilidad para recoger el habla viva de la conversación cotidiana. En nuestro texto esto es evidente.


"Los otros iban llegando a la venta. El de la camiseta a rayas iba el primero y tomaba el camino a la derecha.
Una chica se había pasado.
–¡Por aquí, Luci! –le gritaba–¡. ¡Donde yo estoy! ¡Aquello, mira, allí es!
La chica giró la bici y se metió al camino, con los otros.
–¿Dónde tiene el jardín?
–Esa tapia de atrás, ¿no lo ves?, que asoman un poquito los árboles por cima.
Llegaba todo el grupo; se detenían ante la puerta.
–¡Ah; está bien esto!
–Mely siempre la última, ¿te fijas?
Uno miró la fachada y leía:
–¡Se admiten meriendas!
–¡Y qué vasazo de agua me voy a meter ahora mismo! Como una catedral.
–¡Yo de vino!
–¿A estas horas? ¡Temprano!
Entraban.
–Cuidado niña, el escalón.
–Ya, gracias.
–¿Dónde dejamos las bicis?
–Ahí fuera de momento; ahora nos lo dirán.
–No había venido nunca a este sitio.
–Pues yo sí, varias veces.
–¡Buenos días!
–Ole buenos días.
–Fernando, ayúdame, haz el favor, que se me engancha la falda.
–Aquí hace ya más fresquito.
–Sí, se respira por lo menos.
–De su cara sí que me acuerdo.
–¿Qué tal, cómo está usted?
–Pues ya lo ven; esperándolos. Ya me extrañaba a mí no verles el pelo este verano".


Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama

Novela del realismo social: La colmena

La colmena, obra de Camilo José Cela publicada en 1951, es para muchos críticos la obra precursora de la novela social, corriente que constituirá lo más característico del género hasta 1962, fecha de Tiempo de silencio de Martín-Santos.


Esta novela presenta el ir y venir de personajes que tejen el duro vivir colectivo del Madrid de posguerra en poco más de dos días. La obra se estructura en seis capítulos y un «Final» y cada capítulo está integrado por una serie de «secuencias» de longitud variable que se suelen centrar en un personaje.


Junto a la significación social, La colmena tiene también un alcance existencial, pues refleja una desconsolada visión del mundo y de la vida, como puedes apreciar en este fragmento:


"Doña Margot, con los ojos abiertos, dormía el sueño de los justos en el depósito, sobre el frío mármol de una de las mesas. Los muertos del depósito no parecen personas muertas, parecen peleles asesinados, máscaras a las que se les acabó la cuerda.
Es más triste un títere degollado que un hombre muerto.


La señorita Elvira se despierta pronto, pero no madruga. A la señorita Elvira le gusta estarse en la cama, muy tapada, pensando en sus cosas, o leyendo Los misterios de París, sacando sólo un poco las manos para sujetar el grueso, el mugriento, el desportillado volumen.
La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.
La mañana, esa mañana eternamente repetida juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena.
¡Que Dios nos coja confesados!"

Camilo José Cela, La colmena

Se ha considerado La colmena el eslabón entre lo existencial y lo social. De ella Soberano dijo: «Tres notas estructurales de La colmena pasaron pronto a la novela social de 1950 en adelante: la concentración del tiempo, la reducción del espacio, la protagonización colectiva». Es una de las primeras novelas españolas que se enfrenta a la realidad española con intención de denunciarla.





martes, 2 de febrero de 2010

Novela existencialista: Nada

Nada fue la primera novela de su entonces jovencísima autora (22 años), que recibió con ella el premio Nadal. Esta obra obtuvo una gran repercusión en la sociedad literaria española de la posguerra y consiguió gran éxito. Uno de los miembros del jurado que la eligió ganadora afirmaría después: «No solamente era una gran libro, capaz de ser ávidamente devorado por su condición intrínseca de relato apasionante. Era, además, y sobre todo, un libro oportuno, de una oportunidad asombrosa».

Nada es la historia de Andrea, una joven que va a estudiar a Barcelona y se encuentra dentro de la familia que la acoge con todo un mundo sórdido y mezquino. Ella llega cargada de ilusiones, pero poco a poco las va perdiendo. Un tono pesimista y desencantado surca la novela y preside el proceso de maduración de la protagonista.


Te propongo la lectura del siguiente fragmento, que da la clave de interpretación del título de la novela (en negrita):

"No quise pensar más en lo que me rodeaba y me metí en la cama. La carta de Ena me había abierto, y esta vez de una manera real, los horizontes de la salvación.
«... Hay un trabajo para ti en el despacho de mi padre, Andrea. Te permitirá vivir independiente y además asistir a las clases de la Universidad. Por el momento vivirás en casa, pero luego podrás escoger a tu gusto tu domicilio, ya no se trata de secuestrarte. Mamá está muy animada preparando tu habitación. Yo no duermo de alegría.»
Era una carta larguísima en la que me contaba todas sus preocupaciones y esperanzas. Me decía que Jaime también iba a vivir aquel invierno en Madrid. Que había decidido, al fin, terminar la carrera y que luego se casarían.
No me podía dormir. Encontraba idiota sentir otra vez aquella ansiosa expectación que un año antes, en el pueblo, me hacía saltar de la cama cada media hora, temiendo perder el tren de las seis, y no podía evitarla.
No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una iberación. El padre de Ena, que había venido a Barcelona por unos días, a la mañana siguiente me vendría a recoger para que le acompañara en su viaje de vuelta a Madrid. Haríamos el viaje en su automóvil.
Estaba ya vestida cuando el chófer llamó discretamente a la puerta. La casa entera parecía silenciosa y dormida bajo la luz grisácea que entraba por los balcones. No me atreví a asomarme al cuarto de la abuela. No quería despertarla.
Bajé las escaleras despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así lo creía yo entonces.De pie, al lado del largo automóvil negro, me esperaba el padre de Ena. Me tendió las manos en una bienvenida cordial. Se volvió al chófer para recomendarle no sé qué encargos. Luego me dijo:
–Comeremos en Zaragoza, pero antes tendremos un buen desayuno –se sonrió ampliamente–; le gustará el viaje, Andrea. Ya verá usted...
El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primeros rayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí".



Carmen Laforet, Nada
El blog Materiales de lengua ha realizado un excelente trabajo sobre esta obra. La procedencia de la imagen es de allí.
La lectura de esta obra sigue siendo muy recomendable. ¿Quién se anima?

Lee más fragmentos.

Novela tremendista: La familia de Pascual Duarte

El ambiente de desorientación cultural de la inmediata posguerra va a ser muy evidente en el género novelístico. En este panorama, sin embargo, destacan obras como La familia de Pascual Duarte (1942) de Cela.
La familia de Pascual Duarte refleja una visión agria de realidades míseras y brutales, e inaugura una corriente que se llamó tremendismo por llevar a cabo una selección de los aspectos más duros de la realidad. Pascual Duarte es un campesino extremeño, en la cárcel, condenado a muerte, que escribe su vida. Una infancia sórdida, unos padres monstruosos, una hermana que se prostituye, un hermanito anormal que se ahoga en una tinaja de aceite... son algunas de las truculencias que conducen a la terrible escena final en que el protagonista mata a su madre, a la que considera culpable de todas sus desgracias.

El comienzo de la novela enlaza con la tradición de la novela picaresca:

"Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya. Nací hace ya muchos años –lo menos cincuenta y cinco– en un pueblo perdido por la provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas de Almendralejo, agachado sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan, lisa y larga como los días –de una lisura y una largura como usted, para su bien, no puede ni figurarse– de un condenado a muerte...".
Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte


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